Cuando la conocí le hice todo tipo de preguntas para el proyecto. Y ella me dijo que lo pensaría y que tendríamos pronto tiempo para vernos y terminarlo en la biblioteca. Me miró las manos cuando dijo pronto, el gesto me impactó por un instante y sentí que podría conocerla mejor si la invitaba un sábado a comer conmigo. Pero después de unas semanas, entre los pasillos desiertos que recorrimos juntas, silenciosas, en una especie de trance que nos daba la novedad de nuestra relación, pude entender que para ella todo lo nuestro terminó siendo una especie de revés que no entendería nunca de salidas a un restaurante. Fue breve, sereno, melancólico. 

Un mes después, terminamos todo. Era marzo, creo. Recuerdo que era tarde, pero la ciudad aún no anochecía tan rápido como lo hace ahora que ha crecido tanto. Completamente solas, dentro de un salón vacío, limpio ya, recostadas en el piso de lozas blancas. El sol serenaba tranquilo a través de los enormes ventanales, su luz roja cobriza como una foto eterna con sus propias ondulaciones. La escuela, hueca, pero en los ecos discretos presente y despierta. Mis últimos suspiros reverberaban al final del pasillo, serenados y en sintonía con ella, un doble que me seguía el ritmo, ahuyentando con la intimidad cualquier posibilidad de un intruso. Con mi último beso ella abrió los ojos y rompió con un pestañeo frágil ese hechizo casi táctil de su piel tibia. 

Fue entonces que salimos juntas del salón, en puntillas, como si asustadas de algún testigo en alguna otra aula, los baños, las oficinas principales, el salón de profesores. Al llegar a la acera, al cruzar el portón, sus pasos secos se volvieron huida. Sus pasos un entramado de pequeños tambores, el ritmo del corazón inquieto y silencioso después de explotar unos minutos antes, entre escritorios y cubículos azules.